martes, mayo 04, 2004

Cuando las luces de la noche dan la libertad.

Cuando las luces de la noche invaden los más lóbregos e impíos rincones de la ciudad, y las almas nocturnas vagamos en pena por las calles inmundas, mis pisadas aparecen por entre la oscuridad, como cansadas, casi colmadas de tantas voces y risas cínicas que pronuncian mi nombre, me llaman y gritan porque no los oigo, como un intento de no caer en sus profanas redes de sufrimiento.
Lo extraño es que ni ellos mismos notan ese sufrimiento. No reconocen que eso que llaman vida los carcome, frustrando los sueños que desgastan a cada segundo; no reconocen que su sometimiento al mundo los obliga, los maneja, les indica el camino que los priva de su autonomía y libertad. Se desgarran diariamente la conciencia preguntándose si cada uno de sus pasos los conduce a la verdad. Esa verdad que tanto anhelan pero que, francamente, ya han perdido hace mucho tiempo, cambiando el objetivo de la vida por lo que la Gran Mano les ordena, les recuerda a cada momento y en cada acto.
Si piensas, la Mano te niega la razón; si lloras, la Mano te castiga por cobarde; pero si sometes, obligas, maltratas y abusas, la Mano finge una caricia y, a su modo, te beneficia. Porque has actuado cual ella: sin misericordia, con rencor y envidia... has actuado como la sociedad lo planeó para ti.
Y yo sigo caminando, con las lágrimas a punto de empaparme. La tristeza me condena a colmenas de ideas quiméricas, utópicas, libertarias.
Y yo sigo pensando, soñando con que ya no estoy más aquí. Que me encuentro lejos, solo, feliz; alcanzando el nirvana diario de sentirse único, amado, íntegro y sobre todo... libre.